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La especie elegida (2ª Parte) PDF Imprimir E-mail
Escrito por Gonzalo Gala   
Domingo, 14 de Diciembre de 2008 22:09
De ahí, a dos instrumentos fundamentales: el aprendizaje y la memoria que permitieron ir más allá de las reacciones automáticas a respuestas más determinadas. Lo que podemos presentar de una forma más concreta, el lado izquierdo del cerebro aborda los problemas analíticos del mundo: es el lado con el que se resolvería una cuestión de matemáticas; en donde se encuentran las reglas, el método lógico, con un procesamiento secuencial. En cambio, el lado derecho es el cerebro de las emociones, el que se desarrolla cuando queremos apreciar una obra de arte, con un procesamiento mental, simultáneo. En este sentido, Einstein descubrió su E=mc² y Newton, la base de la gravedad, por procedimientos simultáneos, gracias al lado derecho, y se dedicaron el resto de la vida a buscar su aplicación, por el izquierdo.

Como señala D. Goleman en Inteligencia emocional: “la lógica de la mente emocional es asociativa, que considera los elementos que simbolizan una realidad como si fuera la misma realidad”. Esto, es por ejemplo, lo que hace el arte en general, la narrativa, el cine, o la música. Se basa en el concepto freudiano de “proceso primario”, en donde encontramos la lógica de los niños y de los sueños, en donde las asociaciones libres determinan el fluir de la realidad, en donde un objeto simboliza a otro. Es, entonces, importante, no la definición por su identidad objetiva, sino lo subjetivo, a partir de la percepción. Lo que se percibe es lo que “es”. Se trata, por tanto, de una forma de ver las cosas, categóricamente, en donde no hay tonos grises, solo blancos o negros, y en donde todos nuestros comportamientos se reducen a lo emocional: el miedo, por ejemplo, permite una serie de respuestas que van desde hacernos retroceder hasta llamar al 091.

Una máquina, en realidad, hace algo similar. Al ponerse en funcionamiento un computador, previamente programado, esta inteligencia artificial va tomando por realidad absoluta cada una de sus “creencias”, personalizadas, entendiéndolas estas por funciones, tareas, etc., y deja de lado cualquier evidencia subjetiva. Pero además, por ello, la modalidad de una máquina sería “autoconfirmante”, eliminando o ignorando cualquier detalle que podría socavar sus “creencias-funciones”, para centrarse en aquello que las confirma.

 


Otro de los criterios fundamentales, sería la comunicación, y en concreto del lenguaje verbal. Si tomamos el sentido literal del término, conjunto de sonidos que expresan una sensación, un sentimiento o una idea; el bramido de un toro o el maullido de un gato podrían ser identificados por tal lenguaje. Pero en el caso del hombre se da una diferencia fundamental: su articulación semántica. Un caso especial del lenguaje es el que se da entre los primates. Desde luego que no pueden hablar, pero pueden comprender y utilizar un lenguaje por señas. El prestigioso paleontólogo Richard Leaky nos acerca al hecho de que éstos son capaces de conocer un lenguaje manual, pues algunos han aprendido a manejar los dedos como lo hace una persona sordomuda. Los resultados empezaron a resultar positivos cuando aplicaron las “palabras” específicas del Lenguaje por Señas Americano, para el aprendizaje de una chimpancé llamada Washoe. Y descubrieron que parecía disfrutar comunicándose socialmente con los que la rodeaban.

Evidentemente, esto no es lo que entendemos por “lenguaje semántico”, el que aparece construido en base de palabras y reglas gramaticales que dotan de un orden al mensaje. Las palabras son invenciones arbitrarias que solemos identificar con la representación que tenemos en la mente. Así, elegimos el término “silla”, por ejemplo, por conveniencia y no porque exista una relación entre el concepto y el objeto. Entonces, el hecho de que un chimpancé pueda nombrar términos  y relacionarlos con objetos similares (la etiqueta “silla” la aplicamos a una multitud genérica - el asiento donde nos sentamos, el aparejo donde nos acomodamos en una caballo, etc.-), puede ser una muestra de capacidad intelectual. Pero, ¿qué sucede con las oraciones?. Los chimpancés consiguen decir una serie de palabras, siempre que se mantenga una unidad, por lo que no parece posible que formen un mensaje ordenado como “quiero mi pelota”, a pesar de su simplicidad. A grandes rasgos, y manteniendo las distancias, esto es lo que sucede con el tema de la inteligencia artificial.

Si nos detenemos a reflexionar acerca de lo complicado que son algunas tareas cerebrales, tan nimias que parecen casi irrisorias, como leer unas líneas de un libro o comprender el mensaje de una frase tan simple como: “quiero mi pelota”, entenderemos el grado de dificultad para que una máquina - un juego de cables, luces y componentes electrónicos, a diferentes niveles de complejidad - consiguiese emular estas mismas actividades. Para el caso de la inteligencia artificial, ¿cómo podría hacer que una máquina, en “ente” creado por la mano del hombre, participase en la comunicación sin que éste interviniese en el proceso?.

Pensemos en formas de lenguaje, transmitidas de modo artificial, como por ejemplo el Código Morse, hasta hace poco tiempo empleado en radiotelegrafía. En este sistema, la combinación de tres únicos elementos, el punto, la raya y la pausa (para diferenciar un grupo de señales del siguiente), permiten la codificación de las letras del alfabeto y con estas, la de todo un mensaje. Podemos considerarlo un lenguaje sencillo e incluso superado, pero el avance es trascendental, no sólo porque se traten de dos cables como único vehículo de dichas señales, sino por la cuestión que nos ocupa: Almacenaje, Clasificación y Transmisión de la información.

Sin embargo, el lenguaje que incorpore un ordenador - entendido como una inteligencia artificial - y su transmisión, son dos aspectos diferentes. De este modo, surge la síntesis de voz que permite a estas máquinas emitir mensajes orales que no fueran grabados previamente, mientras que la tecnología se aproxima a que el ordenador lea textos escritos con una voz lo más parecida posible a la humana. Esto podría ser el inicio de la comunicación en la inteligencia artificial. El reconocimiento de la voz, RAH (Reconocimiento Automático del Habla), es una tecnología que, a pesar de avanzar a pasos agigantados, encuentra numerosos problemas: por ejemplo, las expresiones coloquiales que la máquina no puede reconocer. Por otra parte, se están relacionando espectaculares avances en el campo de los llamados transistores orgánicos, aislando una molécula orgánica, a la que se le transmite una señal eléctrica. Esto permite imitar las funciones neuronales, es decir, para que una inteligencia artificial consiga pensar y aprender al igual que los humanos.

No obstante, surgen nuevos interrogantes, a la hora de plantear la relación entre semántica e inteligencia. ¿Qué significan, por ejemplo, palabras como Abracadabra o Supercalifragilis?. Absolutamente nada. Hemos dicho que las palabras son productos arbitrarios, que dirigimos por conveniencia, pero hay que darle un sentido, y ese sentido se obtiene por el contexto. El lenguaje se desarrolla en íntima relación con la experiencia que vaya reorganizando el cerebro, de ahí la importancia del contexto, y por eso, la arbitrariedad semántica habría que definirla en el marco en que nos movamos. Como el conocimiento, el lenguaje, no queda registrado fielmente, sino que por la experiencia de cada individuo, éste va sufriendo diferentes procesos, ya sea por acumulación, por eliminación o por transformación. Así, se va manteniendo gracias a un eslabonamiento que requiere de congruencia, tanto de orden gramatical como de contenido, por eso la enunciación de incongruencias no se considera semánticamente inteligente.

No es lo mismo “quiero mi pelota” que “mi quiero pelota”, pero tampoco está correcto decir “Aníbal cruzó los Andes, con sus elefantes, en tren”, porque es incongruente. El único problema de las incongruencias es que requieren de un conocimiento previo, porque si no, sería lo mismo que lo cruzase en tren, en avión o en barco. Y aquí, se necesita de un nivel de intelecto mayor, porque ya no es que el enunciado sea gramaticalmente correcto - que lo es - sino que el mensaje, sea creíble, y más importante aún, conveniente. El proceso mental, aquí, ya no es sólo percepción, asimilación y transmisión, sino además, ajuste y acumulación. En el ejemplo de las matemáticas, esta dificultad parece no existir porque 1+1 es siempre 2, no hay margen ni posibilidad para otra respuesta, pero en el caso del lenguaje, podría ser 3 o 4, o cualquier otra solución. Cuando a un ordenador se le ordena que diga “¿Cual es tú afición favorita?”, dirá “leer”, por ejemplo, porque esta respuesta la tiene programada, previamente. Es decir, desde nuestro punto de vista que estamos tratando el tema, un programa informático es capaz de la sintaxis pero no de la semántica: Podría formar frases, con sentido gramatical, pero no con un sentido semántico, por sí misma.

Lo que ocurre es que no siempre nuestro lenguaje tiene un sentido pleno. Si recurrimos al simbolismo, lo entenderemos. Si hoy vemos una esvástica, automáticamente, una imagen mental nos lleva a relacionarlo con el nazismo, pero si ese mismo símbolo lo viese una persona de hace mil años, tendría otro significado, en concreto el de la fertilidad. Este es un ejemplo burdo y trivial para exponer la cuestión, pero puede servirnos para empezar. Porque uno de los problemas que hay hoy en día es el excesivo Optimismo Semántico. La palabra “árbol”, “silla” o cualquier otra, o incluso las señales de humo de los indios norteamericanos no tienen sentido en sí mismo, no significan nada, no tienen valor explícito, sino que nosotros se lo damos.

***

El desarrollo de las teorías de información, de la psicología cognitiva y de las nuevas tecnologías está produciendo un nuevo maridaje entre ciencia y tecnología capaz de generar máquinas inteligentes que bien, en un futuro, podrían superar e incluso reemplazar a sus progenitores humanos.

Algunos piensan que, aunque existan ciertas semejanzas entre la estructura y el funcionamiento del cerebro humano y de los ordenadores, sin embargo, las diferencias son tan grandes que nunca podría llegar a competir o equipararse a la inteligencia humana. Por otro lado, otros piensan que con el ritmo tan rápido en que se van produciendo los avances tecnológicos, pronto se llegaría a igualar ambas inteligencias e incluso, sin saber a ciencia cierta cual sería el grado de inteligencia artificial al que se podrá llegar.

Los ordenadores actuales, comparados con el cerebro humano, podrían parecer juguetes infantiles; sin embargo, su memoria permite almacenar y operar con grandes cantidades de información. Los programas, cada vez más perfeccionados son capaces de vencer en el ajedrez, aprender de su experiencia no repitiendo errores cometidos, tomar ciertas decisiones, etc. Se pretende convertir a los ordenadores en máquinas pensantes capaces de aprender y crear.

Durante miles de millones de años, el hombre supo superar a los seres vivos con quienes convivía en la naturaleza, combinando biología y cultura; paralelamente , estos ordenadores pueden conseguir una nueva situación ventajosa frente a sus progenitores, que pasarían a extinguirse siguiendo el mismo proceso de las demás formas de vida terrestres, en una etapa posbiológica: si la cultura produjo con el ser humano el relevo genético, la inteligencia artificial producirá con la máquina el relevo cultural.

Hoy la transmisión de información de una generación a otra está cambiando en la forma. Los ordenadores están asumiendo un papel cada vez más importante, y podría resultar que, llegado un grado de complejidad y perfección, consiguieran asumir, reproducir y perfeccionar su propia conservación, sin necesidad de la mano humana. El robot inteligente se independizaría del hombre y tomaría el testigo.
Última actualización el Domingo, 18 de Enero de 2009 13:23