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 Casa Desolada.

Nueva edición del clásico de Dickens con una presentación elegante y cuidada a cargo de Valdemar. La edición incluye multitud de notas del traductor para quien se interese por conocer los referentes sociales y de constumbres del contexto histórico en el que transcurre la novela.

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 En busca del tiempo perdido. A la sombra de las muchachas en flor.

Segunda entrega de la adaptación gráfica de la novela de Marcel Proust, con un dibujo estilo Hergé que recrea cuidadosamente el entorno precido y evocador en el que transcurre la novela.

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 The Show.

Lenka es una cantautora pop australiana que ha participado con sus canciones en bandas sonoras de series de máxima audiencia en EEUU como Anatomía de Grey o Betty, y que ha reunido en este album debut.

El mito de Esparta (I) – Esparta begins PDF Imprimir E-mail
Escrito por Belial   
Miércoles, 26 de Noviembre de 2008 11:59

Esta bella metáfora salpicada de higadillos, cumbre del pensamiento moderno (sí, a esto hemos llegado, a mí no me mire, yo qué culpa tengo) no es sino el último capítulo de un fenómeno que particularmente me ha tenido siempre entre asombrado y perplejo, y que como se puede ver, permanece bien vivo en el imaginario popular: la admiración que desde la antigüedad ha despertado el mito espartano. 

Todos conocemos las historias sobre los ciudadanos-soldado de Esparta, su exigente educación, la férrea disciplina militar, la vida comunitaria, su obsesión por la igualdad de los ciudadanos, el temor que despertaban en sus enemigos, y sobre todo, su valor combativo, su consagración a la defensa de la polis y su amor por la libertad, y por extensión, la de los griegos. Es fácil entender que tales valores, bien mitificados, sean muy útiles como ejemplo a resaltar para reflejar ciertas políticas en diversas épocas de la historia. Pensadores, ideólogos e intelectuales de todo pelaje y condición se han servido de ello; unos, más tradicionales, han glosado las virtudes militares de los lacedemonios (palabrita más culta y molona para designar a los espartanos) como espejo para la juventud de su tiempo, otros como por ejemplo los marxistas han ensalzado sus prácticas comunales, pretendidamente próximas al comunismo, y así un largo etcétera de ideologías variadas se han servido de Esparta como imagen. La gente común ha cedido también a la fuerza de este mito, hasta llegar a nuestros días, en los que el Choni y la Yessi salen encantados del cine de camino al polígono, debatiendo que “lo ehpartanoh eso molan mazo, i reparten yoyah como paneh, ¿sabeh?”.

 

Leónidas 

¡Quita la garra dái o te doy con tó lo gordo, cagonsós!

En realidad, y debajo de todo esa capa de mitos y medias verdades, si uno se toma la molestia de escarbar bien en las profundidades de la historia espartana, se encontrará una sociedad profundamente rancia y conservadora, cruel, extremadamente militarista…y poco más. La gloria de Esparta se basó únicamente en repartir hostias y bien mirado, cuando uno repasa el currículum militar de la polis, tampoco es para tanto. El espabilado lector, llegado a este punto, y si no se ha largado ya a buscar webs pornográficas, pensará “Muy bien, tío listo, y si esto es así, con tan poquita cosa, ¿cómo es que tal mito tiene tanta fuerza? ¿Cómo se ha llegado a esto? ¿Qué tiene Esparta para despertar tantas simpatías?” Pues básicamente una de las razones principales es porque los primeros responsables de construir el mito eran tres tipos de mucho prestigio, y curiosamente, los tres eran atenienses. Estos indocumentados responden al nombre de Sócrates, Platón y Jenofonte. Los tres tenores. 

Sócrates era un filósofo bastante conservador y bastante palizas que estaba harto de los excesos y fallos de la democracia popular ateniense, así que al buen hombre no se le ocurrió otra cosa que dedicarse a ensalzar las virtudes de la constitución política del vecino y enemigo, aplicando el teorema de que el prado del vecino siempre parece más verde. Además, ¿qué mejor contraste que la aristocrática, sobria y rancia polis de ahí abajo? Sócrates responde muy bien al perfil del moralista que encuentra en las recias y austeras virtudes de otros tiempos u otros lugares el remedio a los males de su época. Platón…hombre, Platón era, aparte de un idealista un poco sonado, discípulo de Sócrates, como todos sabemos. ¿Y Jenofonte? Pues resulta que Jenofonte no sólo también lo fue (discípulo, que no idealista), sino que este buen hombre es un “converso”, que se “pasó” con armas y bagajes a Esparta y dedicó parte de su vida a escribir alabanzas del sistema educativo espartano, como mucho estómago agradecido moderno. La mayor parte de la producción escrita filosófica y política griega, después de ser redescubierta por los europeos en la Edad Media, se tomó como modelo y era en la práctica poco menos que indiscutible fuente de sabiduría, así que el camino seguido por nuestro mito particular no es difícil de reconstruir. Ya se sabe que no hay nada como el respaldo de un pensador barbudo y muerto hace 2000 años para darle respetabilidad a nuestras tesis, o simplemente copiárnoslas de él. 

Así que como una de las ocupaciones más divertidas del aficionado a la historia o el opinador profesional es derribar mitos, vamos a ponernos manos a la obra para ver en la siguiente entrega en qué quedan realmente las glorias políticas y militares de nuestros viriles, musculados y aceitosos defensores de la libertad. Occidental, por supuesto.

 

Última actualización el Jueves, 27 de Noviembre de 2008 09:34